Suiza tiene un secreto llamado Karl Kave. Bajo el alias Carlo Onda, el músico electrónico entrega Foreverer, un álbum de synthpop lo fi perfecto para esas horas donde la concentración necesita un colchón sonoro sin estridencias. No es un disco para escuchar con atención quirúrgica. Es para poner de fondo mientras el trabajo fluye, para dejar que las melodías entren sin pedir permiso y la tranquilidad se instale como una visita que decidió quedarse.
Las canciones nacieron de un teclado Yamaha PSR36, una reliquia doméstica que junto a un secuenciador por pasos genera patrones hipnóticos, repetitivos, casi meditativos. El resultado es menos esotérico que su álbum hermano Tale of a Ghost Shadow Warrior, más urbano, más anclado a tierra firme aunque con la cabeza en las nubes. El arte de Lego creado por Leon Jamrosy refuerza esa idea de viajes fantásticos pero accesibles, como si cada tema fuera una nave pequeña lista para despegar sin necesidad de abandonar la habitación.
Carlo Onda demuestra que la música funcional no tiene que ser aburrida. Foreverer relaja sin dormir, acompaña sin molestar, y deja esa sensación de que todo, al menos por un rato, está en su lugar.



