2026-03-02

Del odio, la guerra y la destrucción: el nuevo proyecto paralelo de miembros de Klockenhouzer no ofrece redención


Un martillo no reflexiona sobre lo que golpea. Cumple su función y sigue.

MIKROMETRIK funciona con la misma lógica. El proyecto oscuro de Steve Klocken O Mann y Michael Skye —miembros también de otras criaturas del underground— mide el pulso de la destrucción humana sin detenerse a juzgarla. Simplemente la registra y la devuelve en forma de ritmo.

"Hell Is Empty" bucea en lo que las personas hacen cuando se sueltan de ataduras: guerra, muerte, odio, devastación. El álbum no ofrece coartadas ni segundas oportunidades. Los temas pasan sin pedir permiso, sin explicarse, sin buscar redención en ninguna esquina.

"When Hate Prevails" funciona como resumen y puerta. Los ritmos no avanzan: caen. Uno tras otro, con la regularidad de algo que no necesita variación porque su fuerza está en la repetición. La agresión tiene pulso, late, y ese latido organiza el cuerpo de quien escucha tanto para el golpe como para el movimiento. Bailar entre ruinas no es una metáfora: es la instrucción exacta de lo que proponen.

Lo que MIKROMETRIK practica aquí se mueve entre dos aguas: por un lado la electrónica oscura de pulsos precisos, por otro un peso que remite a terrenos más duros, a ese costado del proyecto que firmarían como MMR cuando las guitarras entran a machacar. Ambas caras comparten la misma visión: la humanidad y las máquinas frotándose hasta que algo chispea.

No hay consuelo en estos cortes. Tampoco lo buscan.


2026-03-01

Victor Yann recupera canciones perdidas de su proyecto neofolk con la guía invisible de William Butler Yeats


 En algún lugar del sur de Francia, entre viñedos y ruinas romanas, Victor Yann lleva años tejiendo un universo sonoro que ahora encuentra parte de su archivo secreto en "Rood of Time". El cassette, editado por el sello Hidden Crypt, reúne material inédito de Swesor Bhrater y cumple una función doble: rescatar canciones que habían quedado en el limbo y financiar futuros eventos de la escena underground que los sostiene.

La formación es un rompecabezas de texturas que ninguna etiqueta resuelve del todo. Otto Daf maneja las gaitas e instrumentos antiguos con la naturalidad de quien ha crecido entre ellos. Gebo sostiene el bajo y aporta voces adicionales. Yule pone la voz femenina y las cajas de ritmos. Y al frente, Victor Yann orquesta el conjunto, manejando las partes electrónicas con la sensibilidad de alguien que mamó la cultura underground de los ochenta a través del trabajo de su hermano mayor, Alaxis Andreas G., del proyecto Le Syndicat Electronique.

Pero hay un quinto miembro invisible que guía cada tema: el poeta William Butler Yeats. Su espíritu recorre las canciones no como simple inspiración, sino como una brújula interna que marca hacia dónde deben mirar las melodías. Los versos del irlandés, siempre atrapados entre lo pagano y lo místico, encuentran en Swesor Bhrater un vehículo que no intenta traducirlos, sino habitarlos.

El neofolk que practican no cae en los tópicos del género. Las gaitas no suenan a estampa postal, sino a algo más antiguo y más incómodo. Las voces femeninas flotan sobre ritmos programados con una frialdad que contrasta con el calor orgánico de los instrumentos tradicionales. Esa tensión entre lo ancestral y lo mecánico, entre la tradición y la electrónica, genera un espacio sonoro donde las canciones respiran de forma impredecible.

"Rood of Time" suena a material encontrado, a cintas que llevaban años esperando su momento. Y quizás por eso tiene esa cualidad fantasmal, como si las canciones hubieran existido siempre y alguien se hubiera limitado a sacarlas a la luz.


2026-02-28

"MNZK" no se escucha, se soporta y Mononoizick lleva el beat destructivo al límite de lo soportable

 


Hay música que se escucha. Otra que se siente en el pecho. La de Mononoizick se sufre con el cuerpo entero, como una descarga eléctrica mal regulada o el momento justo antes de que una grúa pierda el control de la carga. "MNZK", su nueva publicación, no pide ser entendida: pide ser soportada.

Lo que Joacim Thenander —porque detrás del ruido está él, siempre él— ha construido aquí se resiste a cualquier categoría cómoda. Industrial se queda corto. Metal no tiene guitarras. Noise es solo un ingrediente. Entonces aparece la fórmula que ellos mismos proponen: Noize Metal. Un oxímoron perfecto para un sonido que vive precisamente en esa grieta.

Los ritmos no avanzan: atropellan. Diseñados como fallos de sistema, como pulsos cardiacos registrados en una UCI después de una sobredosis, cada golpe suena a metal contra metal. No hay concesiones melódicas, ni ganchos que rescaten al oyente. Las bases no se construyen, se deforman. La voz no canta: ataca. Un growl que funciona más como herramienta de demolición que como medio de expresión. Y al fondo, un ingeniero que trata los beats como si fueran errores de programación y los organiza en coreografías destructivas.

En directo, aseguran, la experiencia se vuelve insoportable en el mejor sentido. Una instalación a punto de fundir los plomos, un generador que acelera sin control. La descripción que hacen de sí mismos es tan precisa que duele: "Una máquina que glitchea, sangra, grita — y sigue funcionando".

"MNZK" no es un disco para agradar. Es un ejercicio de resistencia para quien lo crea y para quien lo recibe. Pero en esa incomodidad calculada, en esa negativa a ofrecer refugio, encuentra su razón de ser. Música que no abraza: golpea. Y a veces, eso es exactamente lo que hace falta.


2026-02-26

Kraftwerk revitalizado: el sonido de Maschine Brennt actualiza la herencia alemana sin caer en la nostalgia

 


Joacim Thenander pasó meses en soledad frente a sus sintetizadores. Sin ingenieros, sin productores externos, sin miradas que juzgaran el proceso. Solo él y las máquinas, en una conversación prolongada que terminó por convertirse en "Music for Machines", un álbum que lleva el título con una honestidad casi quirúrgica: esto es música hecha por y para dispositivos electrónicos, aunque en sus pliegues se cuele inevitablemente lo humano.

Lo primero que llama la atención es la firma artesanal de todo el proceso. Thenander no sólo compuso las piezas: las programó, las interpretó, las produjo. Cada decisión sonora lleva su huella, y eso se nota en la coherencia interna del trabajo. No hay interferencias, no hay capas añadidas por compromiso. Lo que suena es lo que él quiso que sonara, en el orden y la intensidad precisos.

Las comparaciones con Kraftwerk son inevitables y, en este caso, justas. Pero no porque Thenander los imite, sino porque recoge la herencia y la hace avanzar unos pasos. Donde los alemanes construyeron catedrales de minimalismo electrónico, él levanta estructuras más flexibles, con un pulso contemporáneo que las hace reconocibles sin caer en la nostalgia fácil. Es como si el espíritu de Düsseldorf hubiera viajado en el tiempo y aterrizado en un estudio actual con la orden de no repetir viejas fórmulas, sino de preguntarse qué sonido habrían buscado aquellos pioneros si dispusieran de las herramientas de hoy.

El álbum fluye con una naturalidad mecánica, paradójicamente orgánica. Las piezas no se apresuran, no necesitan demostrar nada. Construyen sus atmósferas ladrillo a ladrillo, dejando que el oyente se acerque a ellas en lugar de salir a su encuentro. Es música que no mendiga atención, pero la retiene sin esfuerzo cuando se le presta.

Al final, "Music for Machines" plantea una pregunta incómoda: si las máquinas hicieran música para sí mismas, ¿sonaría así? Probablemente no. Porque detrás de cada secuencia, de cada elección armónica, está la mano de Thenander decidiendo qué merece quedarse y qué debe desaparecer. Lo humano, al final, se cuela por las rendijas.


2026-02-25

SISSY MISFIT lanza su tercer disco: ruido controlado, voces integradas y una anomalía pop que no pide permiso


 La primera vez que suena "SISSY FXXXCKING MISFIT" algo se desplaza en el aire. No es solo música: es una fiesta molecular, una descomposición controlada del sonido que encuentra su orden en el desorden. SISSY MISFIT, el proyecto que se autodenomina "anomalía pop", entrega aquí su tercer asalto de estudio y lo hace con la seguridad de quien sabe que ha encontrado una fórmula —aunque esa fórmula consista precisamente en no tenerla.

Lo más inmediato que golpea es la textura. Áspera, sí, pero nunca hostil. Los elementos más duros no se lanzan contra el oyente, sino que se deslizan por la mezcla como si siempre hubieran estado ahí, como si el ruido fuera parte natural del mobiliario sonoro. La producción respira con una confianza poco común: las voces no compiten por el protagonismo, ocupan su lugar y dejan que el resto del ecosistema florezca a su alrededor. Es un gesto de madurez en un género donde lo fácil sería saturar cada espacio disponible.

"SISSY FXXXCKING MISFIT" no es un disco que se entregue completo a la primera escucha, ni que responda a las mismas preguntas para todo el mundo. Funciona como un prisma: según cómo lo mires, refleja algo distinto. Para unos será la banda sonora de una noche sin retorno; para otros, un experimento que no pide visita frecuente. Y eso, en sí mismo, es un logro.

En el fondo, lo que SISSY MISFIT ha construido aquí es un espacio donde conviven lo urgente y lo meditado, la pista de baile y la habitación a oscuras. Un lugar donde el pop se deforma lo suficiente para volverse interesante, pero no tanto para resultar irreconocible. Una anomalía, sí. Pero de las que merece la pena seguir.


Del odio, la guerra y la destrucción: el nuevo proyecto paralelo de miembros de Klockenhouzer no ofrece redención

Un martillo no reflexiona sobre lo que golpea. Cumple su función y sigue. MIKROMETRIK funciona con la misma lógica. El proyecto oscuro de St...