2026-02-16

Glowing Void irrumpe en la escena con seis cortes que redefinen los límites entre el club y la ensoñación

 


Hay ciudades que no sólo albergan música, sino que la respiran como una extensión de su sistema circulatorio. Detroit es una de ellas. Cuna del techno, del motor, de la resistencia industrial convertida en ritmo. Desde ese vientre de acero y asfalto emerge Glowing Void, un nuevo nombre que llega para demostrar que la tradición no es un museo, sino un organismo vivo, capaz de mutar y adaptarse sin perder su esencia. Su álbum debut, "MUTATING", lanzado a través del sello SIC Records, es exactamente lo que su título promete: un viaje de transformación constante a través de seis cortes donde la dureza y la ensoñación se fusionan en una nueva forma de vida.

Lo primero que golpea en "MUTATING" es la dualidad que lo atraviesa de principio a fin. Glowing Void maneja con soltura una paradoja aparentemente insoluble: la de ser agresiva y etérea al mismo tiempo. Por un lado, los beats son contundentes, quirúrgicos, diseñados para el cuerpo y el subsuelo del club. La herencia techno de Detroit está presente en cada golpe de bombo, en cada caja programada con precisión milimétrica. Pero sobre esa base de hormigón armado, la artista construye algo inesperado: paisajes de ensueño, sintetizadores de textura casi celestial, voces etéreas que flotan como espectros en la niebla.

Esta tensión entre lo físico y lo espiritual es el motor del álbum. Los "hard hitting drums" (baterías de golpe duro) no te dejan olvidar que estás en un cuerpo, en una pista, en un espacio compartido. Pero los "fast paced dreamy synths" (sintetizadores oníricos de ritmo rápido) y las "ethereal vocals" (voces etéreas) te transportan a otra dimensión, a ese lugar donde el tiempo se detiene y la consciencia se expande. Glowing Void navega entre estos dos polos con una naturalidad pasmosa, como si hubiera encontrado la fórmula química para que la intensidad y el trance no solo coexistan, sino que se potencien mutuamente.

La producción es otro de los puntos fuertes. Grabado y mezclado con la claridad que exige el techno contemporáneo, "MUTATING" suena masivo sin perder calidez. Cada elemento tiene su espacio, cada frecuencia su lugar en el espectro. No hay saturación gratuita ni efectos por el simple placer de usarlos; todo está al servicio de la narrativa de transformación que el título anuncia.

En un género a menudo dominado por la repetición y la función utilitaria, Glowing Void demuestra que el techno puede ser profundamente atmosférico y emocional sin perder su pegada. "MUTATING" es un debut que no pide permiso, sino que impone su presencia. Es la declaración de principios de una artista que ha llegado para quedarse, para mutar una y otra vez, y para llevarnos con ella en cada transformación.

Detroit tiene una nueva voz y suena como un sueño dentro de una máquina.


2026-02-15

"Retrofuturo" es la síntesis perfecta entre italo-disco, electroclash y cine de ciencia ficción.


Hay discos que no envejecen porque nunca pertenecieron del todo a su tiempo. Viven en una dimensión paralela, en esa franja brillante donde el pasado imaginado y el futuro soñado se funden en un presente perpetuo. "Retrofuturo" de Isis Signum es uno de esos artefactos. Y ahora, gracias al sello PurZynth Rekords, este viaje sonoro regresa a todas las plataformas en una edición remasterizada que no solo restaura su esplendor original, sino que lo potencia, permitiendo que una nueva generación de oyentes se pierda en sus paisajes de neón y estrellas lejanas.

Isis Signum, el proyecto del compositor y productor argentino radicado en España, ha construido una carrera sobre una premisa clara y ambiciosa: elegir no elegir. Su música no se conforma con un solo género, sino que teje una síntesis personal donde el synthwave, el italo-disco, el electroclash y las atmósferas cinematográficas coexisten en equilibrio perfecto. "Retrofuturo" es la cristalización de esa visión: un álbum que suena a ciudad bañada en luces de neón, a viajes interestelares de butaca de cine, a la introspección de una madrugada frente al monitor de una nave espacial.

Lo que distingue a este trabajo es su arquitectura sonora meticulosa. Los sintetizadores analógicos no son aquí meros objetos decorativos; son la materia prima con la que Isis Signum construye universos. Las líneas de bajo no se limitan a marcar el ritmo; conducen, como autopistas interestelares que se despliegan ante el oyente. Los arpegios cósmicos no son ejercicios de estilo; son coordenadas que nos sitúan en un mapa emocional donde la nostalgia y la esperanza tecnológica se abrazan.

Pero "Retrofuturo" no sería el mismo sin sus colaboraciones vocales, cuidadosamente seleccionadas para añadir capas de profundidad y emoción. Las voces invitadas no son adornos superficiales; se integran en la producción con una naturalidad que transforma cada tema en una micro-narrativa con vida propia. Unas veces son confidentes que susurran secretos al oído, otras son guías que nos conducen a través de paisajes sonoros desconocidos. En todos los casos, aportan ese componente humano que impide que la perfección electrónica se vuelva fría.

La remasterización actual, realizada por PurZynth Rekords, hace justicia a la riqueza de la obra. Los graves respiran con más cuerpo, las frecuencias altas brillan sin llegar a herir, y la profundidad del campo estéreo se amplía, permitiendo descubrir detalles que antes podían pasar desapercibidos. Es como ver una película favorita en alta definición: la historia es la misma, pero de repente notas texturas, matices y sombras que enriquecen la experiencia.

"Retrofuturo" es, en esencia, un álbum sobre el viaje. Sobre el movimiento físico a través de ciudades de neón, sobre el desplazamiento emocional hacia adentro, sobre la travesía temporal hacia un futuro que nunca fue pero que siempre deseamos. Isis Signum no nos ofrece respuestas, sino itinerarios. Y lo hace con una elegancia sintética que pocos proyectos electrónicos logran sostener a lo largo de un disco completo.

Bienvenido de nuevo, "Retrofuturo". El espacio exterior y el interior se alegran de reencontrarte.


2026-02-14

Más que respuestas: el nuevo álbum de Sister May documenta lo que persiste cuando el significado colapsa

 


"VII", no es un disco sobre la superación del dolor, sino sobre su geografía íntima. Un álbum conceptual que aborda la fractura desde tres dimensiones —personal, social y sistémica— y lo hace sin ofrecer consuelo ni respuestas. Solo el eco de lo que se rompe, lo que persiste y lo que reverbera en el vacío.

Desde el primer corte, queda claro que Sister May no busca complacer, sino constatar. Enraizado en el industrial rock, la darkwave y texturas alternativas crudas, "VII" construye un paisaje sonoro donde cada elemento parece estar al borde del colapso. Pero es un colapso contenido, una explosión en cámara lenta. La banda domina el arte de la tensión dialéctica: la agresión nunca es gratuita, el ruido nunca es ruido por el ruido. Hay pausas, silencios deliberados, espacios que actúan como respiraderos en una mina a punto de derrumbarse. Es en esos silencios donde la angustia se vuelve más audible.

El título, "VII", no es casual. El número siete aparece en mitologías como símbolo de ciclos completados, de plenitud. Sister May lo subvierte: aquí, el siete es el número de la fractura consumada, el ciclo que no lleva a la renovación, sino a la dispersión. Cada track es un "estado de colapso" diferente, un capítulo en un manual de cómo las cosas —las relaciones, las instituciones, las certezas— dejan de sostenerse.

Musicalmente, el álbum es un ejercicio de equilibrio imposible. Los pasajes más agresivos, con guitarras distorsionadas y percusiones industriales que suenan a maquinaria oxidada, se alternan con atmósferas darkwave de una melancolía casi etérea. La voz navega entre el susurro y el rugido, a menudo enterrada en la mezcla como si fuera un instrumento más, una textura entre las texturas. No hay protagonismo gratuito; todo está al servicio de la atmósfera de disolución.

Lo más valioso de "VII" es su honestidad estructural. No finge que hay una lección que aprender, un crecimiento que obtener de la destrucción. Simplemente documenta lo que queda cuando el significado se erosiona. Y lo que queda, nos dice Sister May, no es necesariamente esperanza. Es presencia. Es el hecho de seguir ahí, entre los escombros, escuchando el eco.


2026-02-11

"1000x" es el monomito de Joseph Campbell corrompido por la electrónica y la obsesión


 Antes de que el portal se abra, llega la última transmisión. Vexillary, el alter ego del neoyorquino Reza Seirafi —antiguo químico y perfumista, hoy arquitecto de sonidos tan precisos como volátiles— activa la señal de cierre antes del lanzamiento de su esperado álbum Digital Suspiria . Y lo hace con "1000x", un corte que no es un mero sencillo, sino una carta de amor incendiaria, escrita con pólvora y circuitos quemados. Acompañado de "Kill Shot" y "Pardon Me" en este EP de tres pistas, Vexillary condensa la tensión entre lo humano y lo maquínico, entre el deseo y la destrucción, en una pieza que es, simultáneamente, un golpe en la pista de baile y una herida que no termina de cerrarse.

Lo primero que golpea en "1000x" es su narrativa invertida. Narrada en segunda persona, la canción arrastra al oyente al centro de una relación donde el amor y el daño se han fusionado hasta volverse indistinguibles. "Me romperé en mil pedazos, haré un agujero en tu espina dorsal", susurra la letra con desprecio y devoción. No es una súplica; es una declaración de guerra íntima. Vexillary no canta desde la distancia del observador, sino desde la piel misma de la obsesión, y lo hace con una producción densa y cortante donde los bajos pulsan como latidos acelerados y los sintetizadores brillan con un filo casi quirúrgico.

La referencia a Joseph Campbell y su célebre El héroe de las mil caras no es un adorno intelectual, sino la clave estructural del tema . Campbell describió el viaje del héroe como un ciclo de separación, iniciación y retorno. Vexillary, sin embargo, retuerce el monomito hacia adentro. Aquí no hay un héroe que parte a tierras desconocidas; el viaje es una espiral interna, un descenso a la cámara oscura de la psique donde la "diosa" se convierte en tentáculo, y la "prueba suprema" es aceptar que el placer y el castigo son la misma sustancia. Es el viaje del héroe sin redención, sin boon que compartir, solo la repetición obsesiva de un deseo que se sabe destructivo y, precisamente por eso, se abraza con más fuerza.

"Kill Shot" y "Pardon Me" , los dos cortes que completan esta transmisión, funcionan como caras complementarias del mismo prisma . El primero probablemente intensifique la agresión rítmica y el componente industrial; el segundo, como su título sugiere, introduzca una fragilidad casi confesional. Juntos, los tres temas no son un adelanto, sino un ritual de preparación. Cierran un ciclo y abren el umbral hacia Digital Suspiria, el álbum que Seirafi ha calificado como su obra "más pulida, pesada y detallada hasta la fecha" .

Con "1000x", Vexillary demuestra que la electrónica oscura no necesita elegir entre el cuerpo y la mente. Su música es venenosa y vulnerable, precisa y febril. Un duelo a cuchillo entre el dolor y el placer donde, al final, no hay vencedor, solo la reverberación infinita de un bajo que late como un corazón artificial. La pista de baile se convierte en campo de batalla, y cada golpe de bombo es a la vez una caricia y una contusión.

El portal aún no se abre. Pero la última transmisión ya ha creado su propio eco.


2026-02-10

"DIE HAPPY" es el himno distópico que el darkwave moderno necesitaba


 Vandal Moon no ofrece consuelo, sino un espejo distorsionado y fascinante. Su nuevo álbum, "DIE HAPPY", es mucho más que una colección de canciones; es una ópera gótica cibernética, un álbum conceptual que disecciona la obsesión de la humanidad por la tecnología a través de la lente más extrema posible: la fijación de un asesino con su víctima. Con este marco narrativo inquietante, el proyecto liderado por Blake Vandal construye un mundo sonoro que es a la vez un homenaje visceral a la nueva ola oscura de los 80 y un diagnóstico lúcido del desamor contemporáneo.


Vandal Moon ya tenía claro su territorio: "Synths, guitars and drum machines for your 21st century heartbreak" (Sintetizadores, guitarras y cajas de ritmos para tu desamor del siglo XXI). En "DIE HAPPY", esta premisa alcanza su máxima expresión. El sonido está profundamente arraigado en los tonos góticos y new wave más oscuros de principios de los 80 —se perciben los ecos de The Cure en su fase Pornography, la elegancia sombría de early Depeche Mode y el romanticismo decadente de Bauhaus— pero no como una simple imitación. Estos elementos se reciclan como componentes de una máquina más compleja: una que procesa el aislamiento digital, la vigilancia, la posesión emocional y la paranoia en una cadena de montaje de himnos melancólicos.


La narrativa del álbum —la obsesión asesina— funciona como una metáfora poderosa para nuestra era. ¿No es el acoso digital una forma de fijación violenta? ¿No nos obsesionamos con las versiones idealizadas de otros (y de nosotros mismos) proyectadas en pantallas? Vandal Moon canaliza estas preguntas en melodías de sintetizador que brillan con un frío enfermizo, líneas de bajo que se arrastran como sombras y ritmos de drum machine que marcan el pulso imparable de una obsesión. La voz, a menudo teñida de reverberación y desesperación contenida, es la del narrador-asesino, pero también la de cualquier alma perdida en el laberinto de conexiones falsas y deseos insatisfechos.


Musicalmente, el álbum es una suite de heartbreak electrónico. Hay momentos de pura energía post-punk que invitan a un baile sombrío, interludios atmosféricos cargados de suspenso synth y baladas distópicas donde las guitarras chorrean sobre secuencias digitales. Es precisamente este contraste entre la calidez humana de la melodía y la frialdad de la máquina lo que hace que "DIE HAPPY" sea tan conmovedor y perturbador.


"DIE HAPPY" es un logro audaz y cohesivo. Vandal Moon no solo ha creado un gran álbum de darkwave; ha construido un artefacto narrativo perfecto para nuestro tiempo. Es un disco que nos habla del amor y la muerte en la era del algoritmo, y nos recuerda que, a veces, la forma más honesta de lidiar con el desamor moderno es ponerle un ritmo de caja de ritmos, un bajo profundo y dejarse arrastrar por su belleza distópica.


Glowing Void irrumpe en la escena con seis cortes que redefinen los límites entre el club y la ensoñación

  Hay ciudades que no sólo albergan música, sino que la respiran como una extensión de su sistema circulatorio. Detroit es una de ellas. Cun...