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2017-05-12

Secuencia cuatro

David Rubio Esquivel


Ibas caminando cuando, sin querer, rozaste una mano. Tan pronto como aquello ocurrió, una parte de ti lo supo: quien quiera que fuera el dueño de esos dedos, le conocías. Intentaste no levantar la mirada a fin de no encontrarte con el pasado, pero tan pronto escuchaste tu nombre te fue imposible no hacerlo.
-Hola, ¿cómo has estado?
Tu mano temblorosa no se pudo contener de la emoción y estrechó la mano de ella. Por su parte, tu mente tampoco se resistió a las olas de recuerdo que le golpearon con fuerza. No había duda: seguías enamorado de ella.
Hay, sin embargo, algo que en el éxtasis del momento no fuiste capaz de percibir, y que luego de mirarle por un rato parecía tan evidente que te sentiste idiota por no haber visto antes: iba acompañada. Otra mano, más fuerte y gruesa que la de ella, se extendió frente a ti, buscando el mismo efecto que había tenido con la mano de la chica de la que seguías enamorado.
-Este es Hansel, mi esposo.
Por cortesía, a la fuerza, extendiste la mano a fin de que el saludo se hiciera efectivo. Como un objeto de vidrio que se cae desde una altura considerable, tu corazón sintió el golpe de la realidad, haciéndolo pedacitos.
-Moucho gousto- dijo el hombre en mal español. 
En comparación contigo, aquel extranjero era considerablemente alto y fuerte. En consecuencia, al apretar su mano temiste que pudiera apretar hasta quebrar tus huesos. Como si tu corazón no hubiera sido suficiente. 
Las preguntas se revolvieron en tu mente; deseabas vomitar, escupir con tal de no quedarte con las dudas que crecían en tu cabeza. La miraste, esperando una respuesta definitiva, algo que te hiciera pensar que todo aquello era un mal sueño, una pesadilla.
Hubo una breve pausa en la que los tres se miraron, esperando a que cualquiera dijese que se tenían que ir. La chica estaba nerviosa y tú parecías el único en poder verlo. Extenuado por la revelación, fuiste tú quien habló:
-Debo irme.
Se despidieron. Te despediste. Antes de dejarlos, sin que se diera cuenta el hombre, la chica extendió su mano rozando la tuya; un papelito asomó entre sus dedos y lo tomaste. Te sentiste estúpido por hacerlo, pero ya no había vuelta atrás.
Poco después, mientras buscabas las llaves en tu chaqueta, tus dedos se encontraron con el papelito. Por unos segundos que parecieron muy largos para serlo, tus yemas jugaron con la textura de la hoja. Deseaste más que nada en el mundo leer lo que ella había apuntado para ti. Un impulso te llevó a sacar el papel del bolsillo y, sin pensarlo dos veces, a hacerlo pedacitos tan pequeños que no fueses capaz de descifrarlos ni juntándolos todos. No supiste por qué, pero aquel acto pareció devolver tu corazón a la estantería como nuevo. Tal vez intuías el contenido de la nota, algo como lo que te había escrito tantas veces antes de que supieras que estaba casada. Algo como: Hotel X, Habitación Y, seguido por la dirección del lugar y un falso "Te amo. Soy tuya".


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2016-10-21

Secuencia dos

David Rubio Esquivel









1

-¿Cuándo podré publicar mi primer relato, madre?
Ella cogió una botella de ginebra, le dio un largo sorbo y, decidida, sentenció:
-Cuando dejes de mirarme como a una borracha.
Y es que, aunque le admiraba por su indiscutible capacidad para narrar la cotidianidad, también era cierto que la detestaba por estar como perdida en otro mundo la mayoría del tiempo. Nunca se lo había dicho pero ella lo sabía.
Entonces tenía dieciséis años y jamás me había enamorado, y si lo había hecho siempre lo hice procurando no nombrarle amor al sentimiento. Amor, esa era la palabra con la que iniciaba el fracaso. Mamá lo había vivido en carne propia y estaba pagando el precio; papá la había abandonado por otra mujer mucho más joven que ella -Casi podría haber sido mi hermana- y, como para no perder todo rastro de su persona, es decir, de la de mi padre, había reclamado mi custodia con la finalidad, supongo, de tener un recuerdo que le hiciese odiarse de por vida.
No es que mamá me tratara mal, pero estaba determinada a enseñarme a detalle el camino que había seguido para llegar a villa fracaso. Escribía como poseída y, con frecuencia, dejaba todo lo que estaba haciendo para sentarse frente a la máquina de escribir; era como su amante, uno que, en sus propias palabras, "jamás le traicionaría o le haría daño".

2

Pienso en la rapidez con la que pasa el tiempo. El niño que le preguntó a su madre sobre cuándo podría publicar su primer relato ahora está sentado tras un escritorio, frente a una máquina de escribir y una botella de ginebra. Mamá no era una borracha, sólo estaba enamorada y ocupaba el alcohol como método de anestesia para aquel sentimiento que le quemaba el alma. Ahora el chico es un adulto que ha enfrentado la ruptura y no se puede resistir en nombrar amor a lo que siente y que, al igual que a su madre, le quema por dentro. No hay consuelo real para lo que siente y lo sabe, pero allí está, dándole golpecitos a las teclas de la máquina de escribir y dando largos sorbos a la botella de ginebra.
Ahora lo entiende, y escribe.



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