2012-07-06

Saudade

Elías Adbeel


Todos mis desiertos naufragaron en rincones.
Me quedaban las velas, pero también se derritieron.
También la tarde entregó sus muertos
y los muertos sus entierros
y los entierros sus llantos
de luto y de lumbre.

En mí todo es una estancia
vacía y sin sosiego,un lugar sin vuelo.
Estoy esclavo en tus ausencias.
Ya no hay espacio para mi carne en tu esqueleto,
pero he guardado un refugio
para el aire y sus tempestades.

Quise ofrendar mis parques
con su paciencia de kiosco,
su costumbre de buena madre
con que lo esperan todo,

pero no pude ofrendar más nada
que la rutina insomne
de los viejos en sus bancas.

Quise gritar un fulgor tranquilo
que encendiera un hogar para mi saudade,
pero no queda ya otra cosa
que mi luzvela blanda
con que alumbro este aliento
con que hablo mis versos.

Tu corazón es una casa
donde mi nombre era un fantasma.
Cantaba de memoria
los salmos de tu cuerpo.
Tu cuerpo era los llanos libres
donde soplé diluvias mansas.

Mi corazón es una casa
donde tu voz era una llama.
Mi cuerpo fue un mismo puerto
sepultado bajo cóleras tormentas.

Todas mis tormentas naufragaron estridentes.
Me quedaban los muelles, pero también se derrumbaron.
También la noche entregó sus cuerpos, y los cuerpos su desvelo y el desvelo
sus horas
de tiniebla.

Publicado en el suplemento cultural 10 de revista Propuesta #181. 


2012-07-05

Entre soles


Shasha H. Guerrero


Tierra de vereditas
por donde vas y vengo
van rodando bicicletas
al son de un solo tiempo.

Campos de mi viejo pueblo
cruzo montando el infinito
rayos miel calidoscópicos
de nuestros ojos de niños.

Atajito de barro rojo
trepando hasta las nubes
al ring de mi bicicleta
te pido flor y pirules.

Plaza frente a la iglesia
entre trompos y canicas
oxidados caballos viejos
fieles esperan la huida.

Caminito que enrojece
mi cara a golpe de frío
las barbas de su manubrio
rozan redondel de vestidos.

Senderito en la cuesta
hasta la laguna rodando
a zambullirse entre soles
al son de un viejo fandango.

Publicado en el suplemento cultural 10 de revista Propuesta #181.



2012-07-03

¿Recuerdas lo que me dijiste?

Andrea Aguiñaga



Fue aquél día en que llevabas unos lentes redondos y pequeños, con el vidrio rojo. Aquél día en que un ave cayó del cielo frente a nosotros, cuando el viento y el crujir de los árboles nos susurraron tristes palabras al oído. ¿Todavía no lo recuerdas? Vimos una niña volar, y una naranja explotaba. Aquél día morimos, ¿te acuerdas?, morimos junto a una piedra con forma de reloj en la que había una oruga, y cuando renacimos había nacido una flor y la oruga era ahora una mariposa.

Cuando llegó la noche, las estrellas nos hablaron y nos invitaron a volar, pero tú no lograste alzar el vuelo, la gravedad te tenía preso. ¿Recuerdas que te enojaste? Te enojaste porque las estrellas se burlaron de ti, y la luna no te defendió. Entonces te enterraste muy profundo y yo te seguí; encontramos una caja que tenía una muñeca rota y vimos un topo llorar.

Fue entonces cuando salimos a la superficie, que escuchamos la música, esa gloriosa música. Estaba lloviendo. ¿Sigues sin recordar? Luego comenzamos a llorar y la lluvia se mezcló con nuestras lágrimas. Tú estabas feliz.

Después nos quedamos dormidos en un pantano, junto a unas hormigas y acallamos nuestra impaciencia. Nuestros sueños cedieron a la noche y fue entonces cuando me lo dijiste; en mis sueños, mientras tu suave alma volaba hacia el infinito.

Publicado en el suplemento cultural 10 de revista Propuesta #181.

2012-07-02

El amor más allá del bien y del mal

 Daniel Lemus


Todo lo que se hace por amor acontece siempre más allá del bien y del mal. ¿Qué extraño significado tendrá el amor para Nietzsche?, ¿qué nos está sugiriendo con su más allá del bien y del mal?
A Nietzsche le gusta pensar en la idea de que el amor es el resultado del azar, que el amor no se busca, se encuentra, y que sólo se fortalece en el juego, cuando se mantiene en una zona alejada de la seriedad de la vida cotidiana. Esa primera etapa es tan mágica porque justamente está trazada por esas dos coordenadas, porque resulta del conocimiento de dos personas que se sentían ajenas, y que circunstancias inesperadas ayudaron a juntar, pero que además se animan a exponerse mutuamente con sus cuerpos, con sus experiencias. Esa primer etapa del amor es como un empezar de nuevo, un arriesgarse a ver qué pasa con el otro y también con uno mismo.
La vida cotidiana y la convivencia en general en vez de reforzar esas condiciones basadas en el azar y en el juego, nos propende a colocar al amor junto con otras obligaciones. Así es normal que vayamos poco a poco burocratizando la relación. Incluso las mismas actividades que antes realizábamos por el puro gusto de hacerlas, por pura espontaneidad, las vamos formalizando, las repetimos vaciadas de la mirada original. ¿Cómo recuperar esa primer mirada original del otro cuerpo?, ¿cómo recuperar la inocencia de un nuevo comienzo?
Al amor que nace de la debilidad se auto impone el para siempre como condición previa y exigencia, cuando en realidad el para siempre debería ser el resultado de la fuerza desplegada y no su condición. Sostener el amor eterno depende de las posibilidades concretas de cada persona, del desafío y del riesgo asumido en cada relación y en cada circunstancia. El amor eterno pretende comprar lo que no se puede, asegurar lo que no se puede. Impone condiciones que sólo pueden llevar a malograr una relación, sujeta el deseo a una condición represiva e ineficaz.
La vida va transformando ese amor inicial inocente, lo pretende transformar en un fin para otras cosas: tener hijos, comprarse una casa, o hacer feliz a otro. Pero el amor no tiene sentido, ni justificación, es absurdo, ilógico, irracional, inexplicable, está más allá de toda conciencia que pretenda imponerle determinaciones morales o racionales. Se ama porque sí, y se deja de amar porque sí. Hay que recuperar el juego como la principal dimensión que nos hace humanos y el amor es ante todo un juego. Nos dice Nietzsche el juego, lo que es inútil, puede ser considerado como ideal del hombre sobrecargado de fuerza, como cosa infantil. El amor como juego, como actividad esencialmente extramoral, amoral, irresponsable. El amor carece de fines, es un fin en sí mismo.
El amor auténticamente maduro nace de la fuerza, implica riesgo, se basa en el cambio, exige renovarse día a día, entra en una zona distinta, donde se privilegia el juego, la creación, la innovación con respecto a uno mismo y al otro. Este amor necesita de la inocencia, del olvido y del desconocimiento del otro (e incluso de uno mismo). Es un amor sin fundamento, resultado de la falta de finalidad, del azar y del juego. ¿Quién eres? podría ser siempre una buena pregunta para empezar a jugar al amor. Diría Nietzsche que el amor se juega en eterno retorno de las mismas preguntas, pero de un retorno sin culpas, de un olvido sin huellas, de un rencuentro sin motivos, de un tú y un yo que se confunden, que se ignoran, que se sospechan, que se sienten más extraños cuanto más se creen conocer. Ése quizás sería un amor que siempre está más allá del bien y del mal.

Publicado en el suplemento cultural 10 de revista Propuesta #181.

The Cold Field: El borde del anochecer como refugio

  Tres canciones. Tres estados de una misma desolación. These Days of Existence, el nuevo sencillo de The Cold Field, se mueve en el territo...