Pablo Picasso lo dijo primero: todo acto de creación es ante todo un acto de destrucción. DEAD LIGHTS lo toma como punto de partida para Lash, un álbum donde las estructuras viejas se desmoronan para dejar espacio a algo nuevo. No es una idea abstracta. Es una necesidad emocional, espiritual y personal. No se puede construir una versión nueva de uno mismo si la anterior sigue ocupando todo el espacio. No se puede encontrar un amor nuevo aferrándose a una llama extinta.
El disco abre y cierra con composiciones orquestales descompuestas, en decadencia, que ilustran ese proceso de desmoronamiento necesario. En el medio, la tensión entre la energía y la introspección, entre el impulso de revitalizar y el de socavar los cimientos. Saul lo describe como una dicotomía incómoda, dos fuerzas unidas que se repelen constantemente, una entidad que destruye y crea al mismo tiempo.
La propuesta de DEAD LIGHTS reivindica el "low art" como espacio de libertad. Richard, que también trabaja en el mundo del "high art" con instalaciones audiovisuales y música para ballet, señala la solemnidad de esos espacios como una forma de no ser serio, una performance de la seriedad que se perturba con facilidad. Lash abraza esa absurdidad desde la extravagancia y la falta de disculpas. El subtítulo del álbum, "Lesions of low art", lo deja claro: las marcas del látigo son cicatrices que dejan impresión. Un disco lo bastante hermoso para atraerte y lo bastante afilado para cortarte cuando ya estás dentro.
