2012-06-30

La sociedad protectora de las artes en el Auditorio del Cooperativismo


Bersaín Lejarza Abelleyra


Como director y guionista de La sociedad protectora de las artes del CBTis 200, me es difícil ponerme en los zapatos del alumnado que fungen como actores. La gente que se ha integrado al taller es admirable, al menos yo no tengo su capacidad de memorización y les percibo un compañerismo donde no destacan las estrellitas que suelen darse en los grupos teatrales, todos tienen la misma relevancia en su participación y le echan ganas porque saben que el aspecto físico no es importante para mí, sino su capacidad de entrega allá arriba, en el escenario. Por lo que me es imposible no otorgarles mi reconocimiento por la energía que le inyectan a los proyectos que se nos han venido presentado hasta ahora.
El día viernes 22 e julio de 2012 montaron en el Auditorio del Cooperativismo: Trilogía del cuarto oscuro, trilogía que incluyó una cuarta obra representada anteriormente en Pachuca para el DGETI 2012: En gris.
El reparto fue.
Luz artificial: Kay la Jiménez García como Ella, Juan Jesús Altamirano Monrroy como Él, Aarón Pérez Navarro como Oculto.
Castillo de naipes: Itzel Rivas Santana como Femenino, Aarón Pérez Navarro como Masculino.
La caja de cristal: Abigail Martínez Sánchez como Actriz, Aarón Pérez Navarro como Actor, Juan Jesús Altamirano Monrroy como Director.
En gris: Karina Portillo Inés como Angélica, Nancy Valencia Cuenca como Álter Ego, Raúl Estrada como Uriel.
Y como Staff: Roberto González Velázquez, Sofía Valencia Baca, Iván Ocampo Téllez.
A todos ellos les doy las gracias, así como al personal del Auditorio del Cooperativismo por la oportunidad de darnos un espacio. El sudor de su esfuerzo es un auxilio personal que me alienta a seguir enseñando lo poco que he aprendido con otros jóvenes como ellos que gustan del teatro, en los que jugar es parte implícita de nuestro aprendizaje, lo lúdico, es a mi parecer parte fundamental de la experiencia. Que nuestros proyectos a futuro les den más sonrisas para su inventario de sueños realizados, adelante muchachos, hacia adelante.

2012-06-29

El sonido de Gaia


 Abraham Chinchillas


Aves oscuras surcaron el cielo de un día recién nacido. Divino aleteo que te nombraba: imaginaria luz del ciego. El silencio que hasta entonces todo lo dominaba fue condenado al exilio; era la vida, con su incesante e inexplicable sonido: bullicioso viento que todo lo emancipa, el agua sedienta de sal que sigue corriendo, la roca impetuosa que se enfrenta a sí misma y el codicioso fuego que todo lo forja. No hubo lugar de la reciente geografía en que esos ruidos no se aparearan, con los ecos formados por las cañadas y con los silbidos que nunca bajan de las cimas. Emergió también de las profundidades que sus ancestros habían erigido como templos, donde siglo tras siglo fueron tejiendo sus creaciones, experimentando, combinando a precarias especies vestigiales. La marea que arrullaba contrapunteó. Lentos pero incesantes chasquidos de aletas que prometían evolucionar en pesuñas y por fin en plantas. Branquias que asfixiadas por la limpieza del viento dieron paso a los poros que nos permitieron la vida. También vino del cielo, cayeron soles hambrientos y terribles en una llovizna de siglos. Cada gota incandescente fue un embate que moldeó los continentes.
Recién llegados recordaron los odios que los forjaron y pacientemente urdieron la venganza, el martirio susurrado por las voces; aquellas que se escuchaban cuando todavía ninguna palabra era creada. La lumbre entonó himnos ensordeciendo las cortezas de los árboles y las raíces de las flores. Todo lo aturdido se volvió ceniza y grano a grano convocó a la lluvia. El desdén de la tormenta, trueno a trueno, negó toda respuesta. Ellos lo sabían y se guarecieron en las entrañas de la madre que arroja flores lilas a los días nublados, firmamentos despejados para los pétalos blancos; rugido y beso al unísono. Los pocos nonatos salvaron la vida, hilvanaron las horas y los días, machacando flores traídas por el viento, incrustadas finamente en su guarida. Con el zumo multicolor tatuaron en al piedra siluetas de animales imaginarios, vistos apenas en los más oscuros rincones del sueño; ellos ahí con lanzas y valentía los otros allá con miedo y crías. La luz, sagaz mirada insistente y sedienta de temores, los hurgaba con sus dedos magnánimos y su lengua decadente, entre las vísceras pétreas que los paría. Piedras que laten; secreciones de polvo.

Publicado en el suplemento cultural 10 de revista Propuesta #181.

2012-06-26

PK-ADD

Magdalena López Hernández


Es disolver el miedo en un suspiro,
convertirse en partícula de viento
y hacer del cuerpo un disparo preciso.

Es ser aire, ser agua, un instinto
de caída sofocado, un intento,
desde el viento, de disparo preciso.

Y si, con el temblor al borde del abismo
y el pavor enroscado entre el aliento,
se va el intento convertido en suspiro,

siempre regresa en un segundo respiro,
en donde el cuerpo, al impulso del suelo,
sea nuevo aliento de salto preciso.

Es fluir sobrevolando el intersticio.
Es ser aire, ser agua, un aliento
que disuelve el miedo entre suspiros
y hace del cuerpo un disparo preciso.


1.- Parkour— l'art du déplacement

Publicado en el suplemento cultural 9 de revista Propuesta #180, especial de Casa Lamm.

2012-06-25

Normandía de Raúl Renan

Juan Antonio Rosado

De Normandía, de los normandos, se deriva el nombre propio Norma, que en nuestra lengua, además, evoca la acepción común del sustantivo. Pero no es ésta la dirección a la que se dirigen los poemas de Raúl Renán, quien ha deseado cantarle al lugar del amor, de la entrega, de la seguridad que cobija y apacigua, de esos dedos que suavizan las cuarteaduras con el aceite que “irradia la musa/ que ha entrado en ti/ con su risa su mirada grande/ y su poder de mando/ sobre el poema que dictas”. A partir de esta imagen, se abre el horizonte de la tierra en que aparecerán otras presencias y mitos. “Para Normita” y “Norma de elegancia” son ejemplos de otras tantas evocaciones de la tierra, donde la mirada, el interior, el tiempo, el lado nocturno del ser, el desdoblamiento del yo (como en “Tesis sobre Fernando Pessoa”) e incluso el mal, desfilan en intensas instantáneas como luces que los enfocan.

    La vida, para Borges, está rodeada, inundada de poesía. Desde un enfoque distinto de quienes sostienen  —como el poeta español Pedro Salinas— que el universo entero es materia de la poesía, el crítico y poeta argentino procura descubrirla en la vida misma: “La poesía no es algo extraño —sostiene—; está acechando [...] a la vuelta de la esquina. Puede surgir ante nosotros en cualquier momento”. Eso dependerá de la mirada que percibe; por ello, el poeta no es necesariamente un escritor, sino más bien una sensibilidad. Lo mismo parece decirnos, de modo implícito, Raúl Renán, al percibir la belleza en esa tierra-mujer que le da título al poemario: “Eres la acumulación/ de la belleza/ callada en/ un espejo que/ un día/ transporta/ el pasillo/ debajo/ de tus pies./ Asombro/ de la blanca/ sombra intocable”.

    La poesía está siempre tejida de sensaciones, emociones, imágenes expresadas a través del lenguaje en una forma que tiende a la música, porque justo allí forma y asunto son inseparables; constituyen unidad indisoluble que no podría divorciarse (fondo es forma: la manera en que se expresa algo es justo lo que se expresa, de ahí que la música —y también, aunque en menor medida, la poesía— sean intraducibles, y de ahí que Borges considere que la poesía en realidad no es sino “una pasión y un placer”, no obstante que pueda expresar dolor, angustia, indignación, contenido social o político (el universo entero es materia de la poesía: eso es verdad, e incluso las realidades manufacturadas y los aspectos negativos del animal consciente). Por ello Renán advierte las “Señas de corpúsculos de la tierra” y juega con el sonido; por ello selecciona vocablos por su profundidad y los combina en la armonía que sólo percibe en esa tierra que nos ofrece a través de la palabra poética.

Raúl Renán, Normandía. México: H. Ayuntamiento de Valle de Bravo/ Casas del poeta A.C., 2011, 31 pp.

Publicado en el suplemento cultural 9 de revista Propuesta #180, especial de Casa Lamm.

2012-06-21

Los laureles

Victoria Estandía 



 


Tan sólo había transcurrido media hora desde que salimos de la estación para completar el último tramo y llegar a nuestro destino final. Después de tres paradas el camión iba medio vacío, excepto por la señora que venía con su hija adolescente y los dos señores mayores que parecían hermanos, quienes tenían pláticas intermitentes. El resto de los pasajeros nos habíamos convertido en islas, viajábamos absortos, disfrutando de la reflexión del camino; viendo cómo cambiaba el panorama, dejábamos atrás el paisaje árido, los cactus se convertían en arbustos. Repentinamente, al salir de una curva nos encontramos con dos camionetas atravesadas en ambos carriles de la carretera. Una pick-up se emparejó al autobús, un joven apuntaba un arma de grueso calibre al chofer ordenando que nos paráramos. Un brusco frenón nos dejó a pocos metros de las camionetas. Dos hombres apuntan al chofer por el lado derecho, le gritan que abra la puerta. El chofer lo hace y trata de explicarles que él sólo está haciendo su trabajo. El que parece tener mayor jerarquía le coloca la punta de la pistola debajo de la barbilla, y con esto se crea un silencio absoluto. Nos ordenan poner las manos sobre la cabeza, nos quitan los celulares, los relojes y las carteras. Nos esposan las manos al frente con las palmas juntas atándonos las muñecas y los nudillos con tiras de plástico como las que se usan para sellar las maletas. El camión arranca y con eso perdemos toda esperanza de que esto sea sólo un asalto.
Las dos camionetas nos guían por la autopista con la pick-up cerrando el cortejo. Nos desviamos a la izquierda, abandonando la carretera principal. Al pasar por los pueblos la gente nos mira de reojo, sin vernos directamente, no quieren tener nada qué ver con lo que está sucediendo. Tomamos un camino de terracería encajonado entre arbustos.

Es difícil determinar cuánto tiempo ha transcurrido, la vereda es cada vez más angosta. La vegetación va cambiando, comienza a sentirse un ambiente más bochornoso. Sólo paramos cuando se bajan de las camionetas para abrir y cerrar las rejas que guardan al ganado.
Los caminos continúan dividiéndose. Pasamos pueblos levantando polvaredas. Las camionetas se detienen ante una placa que dice “Los Laureles”. Abren el portón, esperan a que entremos, lo cierran y arrancan a gran velocidad por donde venían.

Recorremos un tramo corto escoltados por la pick-up. Finalmente, el camión se estaciona debajo de unos enormes laureles junto a otros autobuses desmantelados.
— Todos abajo —nos ordena el jefe, que parece militar.
Caminamos unos cuantos metros hasta un búngalo donde nos encierran. Nos vemos unos a otros con desconfianza, sin saber qué pensar de los demás.
Nos asomamos por la única ventana y vemos como apilan nuestras maletas, las rocían con gasolina y les echan un cerillo. Comprendemos con horror que lo que quieren es desaparecer todo aquello que pueda identificarnos. Escuchamos los golpes con los que desmantelan el autobús. Luego hay un silencio.
Abren la puerta, nos miran con cierta incomodidad.
—Todos afuera —nos ordenan.
Caminamos unos cien metros hasta llegar a una cisterna vacía. El sicario más joven nos empuja o jalonea, tirándonos como fardos. Luego brinca y nos ata los pies con otra cinta de plástico como con la que nos esposaron las manos y termina por sujetarnos los pies y las manos con una tercera tira.

 Uno de sus compañeros le tiende la mano para que pueda salir y luego deja caer una manguera de la que comienza a salir un hilo de agua. Escucho las arcadas de la joven que está junto a mí y distingo un penetrante olor a bilis. Comienzan a caer unas gotas de lluvias. A lo lejos se ven unos negros nubarrones ocasionalmente iluminados por relámpagos.
Nos dejan solos. Encienden la bomba con la que extraen agua del pozo para llenar la cisterna, se escucha su vibración a lo lejos. La tormenta se acerca y se convierte en un frío aguacero. Me veo las manos y se parecen a las del cuadro de mi abuela que dice “Señor, enséñanos a orar”, sólo que mis dedos tienen un tono azulado, no sé si por el frío o porque reflejan el atardecer.
A lo lejos se escuchan los noticieros en el radio acompañados de carcajadas ocasionales. Nos llega el olor a aceite requemado, a carne asada y a tortillas.

Deja de llover y se abre un cielo estrellado. La luna se asoma en cuarto menguante. La silueta de un tlacuache se perfila encaminándose lentamente hacia el guayabo, lo que provoca el necio ladrido de los perros, que se mezcla con rezos y llantos.
Todo parece confuso. Pálidos rostros, orejas y labios celestes. Los pensamientos lentos contrastan con el rápido vuelo de los murciélagos que toman agua antes de dirigirse al naranjo, que nos regala su olor a azahar.
Comienza a amanecer. El agua nos llega a la barbilla. Los rayos diáfanos del sol atraviesan la superficie del agua, irradiando una sensación de calor. Los tonos turquesa y dorado del cielo se filtran iluminándonos con claridad. Nos vemos unos a otros con total nitidez. Un banco de caballitos de mar. Todos nadando hacia la superficie.  





Publicado en el suplemento cultural 9 de revista Propuesta #180, especial de Casa Lamm.

The Cold Field: El borde del anochecer como refugio

  Tres canciones. Tres estados de una misma desolación. These Days of Existence, el nuevo sencillo de The Cold Field, se mueve en el territo...