Hay música que se escucha. Otra que se siente en el pecho. La de Mononoizick se sufre con el cuerpo entero, como una descarga eléctrica mal regulada o el momento justo antes de que una grúa pierda el control de la carga. "MNZK", su nueva publicación, no pide ser entendida: pide ser soportada.
Lo que Joacim Thenander —porque detrás del ruido está él, siempre él— ha construido aquí se resiste a cualquier categoría cómoda. Industrial se queda corto. Metal no tiene guitarras. Noise es solo un ingrediente. Entonces aparece la fórmula que ellos mismos proponen: Noize Metal. Un oxímoron perfecto para un sonido que vive precisamente en esa grieta.
Los ritmos no avanzan: atropellan. Diseñados como fallos de sistema, como pulsos cardiacos registrados en una UCI después de una sobredosis, cada golpe suena a metal contra metal. No hay concesiones melódicas, ni ganchos que rescaten al oyente. Las bases no se construyen, se deforman. La voz no canta: ataca. Un growl que funciona más como herramienta de demolición que como medio de expresión. Y al fondo, un ingeniero que trata los beats como si fueran errores de programación y los organiza en coreografías destructivas.
En directo, aseguran, la experiencia se vuelve insoportable en el mejor sentido. Una instalación a punto de fundir los plomos, un generador que acelera sin control. La descripción que hacen de sí mismos es tan precisa que duele: "Una máquina que glitchea, sangra, grita — y sigue funcionando".
"MNZK" no es un disco para agradar. Es un ejercicio de resistencia para quien lo crea y para quien lo recibe. Pero en esa incomodidad calculada, en esa negativa a ofrecer refugio, encuentra su razón de ser. Música que no abraza: golpea. Y a veces, eso es exactamente lo que hace falta.