
Scott Sturgis no construye canciones. Levanta estructuras de percusión que parecen a punto de derrumbarse sobre sí mismas, pero nunca lo hacen. The four last things título que roza lo teológico para terminar hundido en lo industrial llega como un nuevo testimonio de por qué Converter sigue siendo referencia ineludible del power-noise más de tres décadas después de sus primeros ensayos.
Lo que Sturgis comenzó a perfilar en Shock Front (1999), ese disco fundacional del catálogo de Ant-Zen, encuentra aquí una continuación que no se conforma con la repetición. Los ritmos siguen siendo abrasivos, las texturas mantienen esa densidad que convierte el ruido en algo casi táctil. Pero hay algo nuevo: una conciencia más clara del espacio entre los golpes, de los silencios que permiten que la siguiente andanada duela más.
Las influencias del Converter clásico están todas presentes: los pulsos analógicos fríos, las percusiones que se acumulan como escombros rítmicos, esa capacidad única para encontrar belleza estructural dentro de la disonancia. Pero The four last things añade una capa de aislamiento cinematográfico que Sturgis apenas había insinuado antes. No es que el disco sea más tranquilo (sería engañoso decirlo), sino que la violencia ahora se alterna con pasajes donde la soledad del paisaje post-industrial se vuelve protagonista.
Para quienes creían que Converter ya había dicho todo lo que tenía que decir, este trabajo funciona como una corrección necesaria. Para los nuevos oyentes, es una puerta de entrada perfecta a un universo donde el ruido no es caos, sino lenguaje