2025-12-22

Purity Ring abandona los géneros para construir su obra más ambiciosa y conmovedora


Después de años orbitando con precisión su propio satélite de pop espectral y electrónica gótica, Purity Ring ejecuta en su cuarto álbum un salto decisivo hacia la autodefinición total. Titulado, con intención casi ritual, Purity Ring, este trabajo funciona como un autorretrato mitológico: no sólo condensa todo lo que el dúo canadiense ha sido, sino que imagina lo que puede llegar a ser cuando se libera de cualquier mediación externa. Autopublicado y concebido sin concesiones, el disco se presenta como una obra de mundo cerrado, una experiencia que exige inmersión.

El concepto que lo vertebra es tan ambicioso como emotivo: la banda sonora de un videojuego de rol inexistente, protagonizado por dos figuras frágiles que atraviesan los restos de un mundo colapsado en busca de algo parecido a la ternura. Las referencias a NieR:Automata y Final Fantasy X no son decorativas; informan la estructura emocional del álbum. Aquí no hay cinemáticas grandilocuentes sin alma, sino una épica íntima, donde cada paisaje sonoro parece diseñado para acompañar un paso más en el viaje.

Corin Roddick amplía el vocabulario sonoro del proyecto con una audacia serena. A la base electrónica que siempre ha definido a Purity Ring se le suman guitarras clásicas, flautas de pan, breakbeats fragmentados y vocoders que suenan como voces atrapadas en ruinas digitales. Los sintetizadores, deliberadamente “vintage”, funcionan como artefactos arqueológicos del futuro: tecnología antigua de un mundo que ya no existe. Todo está dispuesto con una lógica narrativa, como si cada textura fuese un escenario o un nivel distinto del juego imaginario.

En el centro de esta arquitectura florece Megan James en su forma más expansiva. Su voz, siempre etérea, adquiere aquí una cualidad proteica: puede ser un susurro confidencial al oído o un coro que se eleva como un himno en una catedral de píxeles. Sus letras, menos crípticas que en trabajos anteriores pero igual de sensoriales, fluyen como un torrente de imágenes luminosas y heridas abiertas. No cuentan una historia lineal; evocan estados, emociones, destellos de esperanza que aparecen incluso entre los escombros.

Lo que hace de Purity Ring un álbum verdaderamente excepcional es su capacidad de generar impacto emocional sostenido. Cada escucha revela nuevas capas, nuevos matices, como si el mundo que propone se reconfigurara con el tiempo. No se trata sólo de un disco para oír, sino de un espacio para habitar: un refugio sonoro que ofrece consuelo sin negar la oscuridad.

Con este trabajo homónimo, Purity Ring alcanza una síntesis rara y poderosa. Son, definitivamente, arquitectos de universos emocionales, narradores de fragilidad y fuerza, y autores de una de las obras más cohesionadas, bellas y resonantes del año. Purity Ring no es un punto de llegada, sino un mundo abierto que invita a perderse (y a quedarse) en él.

2025-12-17

Electro-Pop con Corazón de Caramelo: Gelli Haha mezcla synthwave, rave y efectos de cartoon en un debut humanamente dulce


Gelli Haha irrumpe en la escena como un estallido de confeti fosforescente: ruidosa, luminosa y deliberadamente feliz. Switcheroo, el álbum debut del proyecto encabezado por Angel Abaya, no se conforma con ofrecer canciones pegajosas; propone una estética completa, una fuga hacia un universo paralelo donde la diversión no es un escape ingenuo, sino un gesto de resistencia. En tiempos de cinismo crónico, Abaya convierte la alegría en una postura política.

El “switcheroo” del título no es solo un cambio estilístico, sino una mutación identitaria. La ex-roquera indie deja atrás la introspección de guitarras para sumergirse de lleno en un océano de sintetizadores brillantes, beats elásticos y texturas plásticas. Acompañada por el productor Sean Guerin (De Lux) y un arsenal de equipo vintage, Abaya diseña un sonido que se estira y rebota como chicle: electro-pop hipertrofiado, synthwave de colores neón y estallidos rave que evocan tanto el button-mashing frenético de una consola vieja como la euforia sin culpa de una pista de baile inflable.

El Gelliverso —ese mundo imaginario donde transcurre el álbum— está poblado de efectos de caricatura, risas enlatadas, golpes sonoros y guiños absurdos que remiten a los sábados por la mañana frente al televisor. Todo parece excesivo, casi infantil, pero ahí reside su fuerza. Switcheroo entiende el pop como un espacio de juego, donde lo ridículo es una herramienta y no un defecto. Sin embargo, bajo ese carnaval de azúcar, hay una arquitectura melódica sólida y un pulso emocional genuino.

La voz de Abaya es clave para sostener el equilibrio. Clara, cálida y sorprendentemente cercana, introduce una vulnerabilidad que humaniza el delirio. Sus letras, entre el desconcierto existencial y el deseo de conexión, funcionan como pequeños destellos de honestidad en medio del caos. Cuando pregunta “¿Qué diablos está pasando?” en “Tiramisu”, la frase resuena como un mantra generacional disfrazado de hook pop. Es precisamente esa mezcla de ternura y desenfreno lo que impide que el disco se convierta en una simple broma extendida.

Switcheroo es un álbum que celebra el placer corporal de la música sin renunciar a la inteligencia ni a la emoción. Demuestra que el dance-pop puede ser conscientemente absurdo y, a la vez, profundamente reconfortante. En el Gelliverso hay espacio para la confusión, la euforia y el baile sin ironía. Y Gelli Haha, con una sonrisa de oreja a oreja y un beat imposible de resistir, se erige como la anfitriona de una de las fiestas más necesarias y liberadoras del año.

2025-12-16

Menos es más: Lifetime confirma a Erika de Casier como voz esencial del R&B alternativo

 


Erika de Casier vuelve a demostrar que la verdadera audacia puede residir en el susurro. Lifetime no irrumpe: se desliza. Es un disco que no exige atención, la seduce. Y en ese gesto contenido, casi humilde, se revela como una de las obras más elegantes y cohesionadas del R&B alternativo reciente.

Con apenas treinta minutos de duración, Lifetime funciona como un objeto perfectamente tallado. No hay exceso ni relleno: cada canción parece colocada con precisión quirúrgica, como si de Casier entendiera que la repetición y el retorno emocional pueden ser más poderosos que la expansión. El álbum se escucha de una sola vez, pero su efecto es acumulativo; al terminar, queda flotando una melancolía suave, una necesidad inmediata de volver al inicio y recorrer de nuevo ese mismo paisaje nebuloso.

La producción es el corazón palpitante del disco. Beats cálidos y profundos, herederos del trip-hop y el downtempo noventero, se entrelazan con sintetizadores etéreos que parecen evaporarse en el aire. Todo suena espacioso, respirable, como si la música hubiera sido diseñada para acompañar la introspección nocturna. Hay un delicado pulso hip-hop en el uso de samples y grooves, nunca ostentoso, siempre al servicio del mood: Lifetime no busca el gancho explosivo, sino la hipnosis gradual.

Ese mundo sonoro encuentra su centro de gravedad en la voz de Erika de Casier. Su interpretación es contenida, íntima, casi confidencial. No hay alardes técnicos ni dramatismo exagerado; su fuerza está en el timbre, en la cercanía, en la forma en que parece cantar solo para quien escucha. Las letras, de una sencillez deliberada, funcionan como fragmentos de pensamiento cotidiano, más sugerentes que explícitos, reforzando la atmósfera onírica del álbum. Canciones como “Seasons”, “The Garden” o la envolvente “December” confirman su talento para convertir lo mínimo en profundamente evocador.

Lifetime es, en apariencia, un disco seguro y sobrio; en el fondo, es un pequeño acto de surrealismo emocional. Su universo recuerda a un sueño lúcido: reconocible, pero ligeramente distorsionado, cálido y extraño al mismo tiempo. Más que un álbum para analizar, es uno para habitar. Un refugio de calma en medio del ruido, y una confirmación definitiva de que Erika de Casier no sólo domina el arte de la sutileza, sino que lo ha convertido en su firma personal.


2025-12-10

Blurrr es un refugio emocional para un mundo que se desmorona


Blurrr es menos un álbum y más un fenómeno atmosférico: una especie de niebla tibia donde las formas se disuelven, los contornos se ablandan y la emoción respira sin maquillaje. Joanne Robertson, figura esquiva y esencial del underground lo-fi británico, firma aquí uno de sus trabajos más radicales en sensibilidad. No porque busque reinventar el formato canción —todo lo contrario—, sino porque acepta que la canción es, ante todo, un rastro, un temblor, una presencia fugaz.

La escucha comienza como si uno se asomara a una habitación en penumbra donde alguien compone sin saber que está siendo observado. Las palabras son sombras: murmullos, fonemas que se escurren entre las cuerdas de una guitarra que no pretende ser perfecta. Robertson deja que la disonancia florezca, que las notas de paso vibren con torpeza hermosa, que el eco de cada cuerda se convierta en un fantasma que vigila el borde de la melodía. Es un arte lo-fi que no busca la crudeza por estética, sino porque así respira su mundo interior.

La cara A de Blurrr se sostiene en esa desnudez casi diarística. Voz y guitarra establecen un clima de intimidad absoluta, como si el oyente se encontrara dentro del acto mismo de recordar. Son canciones que parecen hechas de bruma, donde la narrativa no está en las palabras —demasiado borradas para ser descifrables— sino en la vibración emocional que dejan atrás. La música se mueve despacio, con la paciencia de quien observa la vida mientras cría a un hijo o mezcla colores en un lienzo todavía húmedo.

Es en la cara B donde el álbum despliega una dimensión inesperada. La entrada del violonchelista Oliver Coates no adorna: consagra. Sus líneas largas, hondas, casi litúrgicas, transforman la intimidad inicial en un espacio de reverencia. De repente, lo que parecía un diario musical se revela como una capilla en ruinas donde cada nota reverbera como una plegaria. La combinación entre la fragilidad de Robertson y la solemnidad del violonchelo produce un escalofrío: una belleza quieta, transparente, que parece suspendida fuera del tiempo.

En una época saturada por el ruido, la velocidad y la ansiedad, Blurrr aparece como un refugio improbable. No promete alivio mediante la evasión, sino mediante la aceptación: aceptar que lo borroso también es verdad, que lo imperfecto también es memoria, que una cuerda mal pulsada puede contener más consuelo que un arreglo pulido. La música de Robertson no se rebela contra el colapso; lo mira con ternura y lo convierte en algo habitable.

Blurrr es un susurro que se queda. Una obra pequeña en volumen, pero inmensa en resonancia.


2025-12-09

El folk outsider renace con crudeza en el nuevo álbum de Palm Springs


En un panorama musical que suele priorizar la perfección digital por encima de la emoción humana, Turning Yr Back on the Dolphin llega como un recordatorio punzante de lo esencial: la vulnerabilidad también es una forma de fuerza. Bajo su alias Palm Springs, Erica Dunn desmonta cualquier artificio y entrega un álbum que palpita con la fragilidad del momento real, de la grabación hecha con manos húmedas y corazón inquieto. Su folk outsider —despojado, tembloroso, íntimo— se convierte aquí en un refugio donde lo imperfecto no sólo se permite, sino que se venera.

Grabado en apenas tres días sobre cinta por Michael Beach, el disco conserva la electricidad nerviosa del instante. Cada crujido, cada respiración, cada roce accidental funciona como una firma emocional que ancla las canciones a un aquí y ahora tangible, casi doméstico. Es un álbum que respira. Dunn deja que la atmósfera se filtre sin pedir permiso: ruido callejero, sillas que se quejan, cuerdas que no buscan complacencia. El resultado es un documento honesto de un proceso íntimo, una colección de canciones que parecen nacer en tiempo real.

Las letras, escritas a lo largo de siete años de contemplación y conflicto, son pequeñas constelaciones de ansiedad, memoria y revelación. En “Infinity 69”, Dunn mira hacia los monumentos del pasado para medir el propio derrumbe interior; en “No Contest” batalla con el peso del nihilismo, encontrando destellos de asombro que no logra —ni quiere— sofocar; “Your Ashes, My Tree” transforma una relación tóxica en un ritual de renacimiento tan doloroso como liberador. Palm Springs escribe desde un umbral: el lugar donde algo termina, donde algo comienza, donde el cuerpo duda y el alma decide.

La instrumentación acompaña este tránsito emocional con delicadeza y hondura. La guitarra de nylon y la voz forman la columna vertebral del álbum, pero los arreglos —flauta que flota como un recuerdo, violonchelo que gime a lo lejos, harmonium que pulsa como un corazón cansado— levantan un paisaje sonoro que se siente arcaico y urgente a la vez. En la canción titular, Dunn introduce el piano por primera vez, dejando que sus notas frágiles documenten un flujo de conciencia que es casi una plegaria: una confesión susurrada en la penumbra, justo antes de que amanezca.

Turning Yr Back on the Dolphin no es un álbum que se consume; es uno que se acompaña. Es un espacio liminal donde el dolor se convierte en claridad y la duda en un acto de resistencia. Dunn logra aquí un equilibrio raro: un disco que es profundamente personal, pero que invita a cualquiera que lo escuche a reconocerse en su espejo trémulo. Es un testimonio conmovedor de la valentía de renunciar, de mirar hacia otro lado cuando es necesario, de sudar la angustia hasta convertirla en canción. Palm Springs nos ofrece un hogar para esos instantes frágiles en los que vivir parece demasiado y, sin embargo, seguimos adelante.


2025-12-08

Marie Davidson desata su sátira más feroz en City Of Clowns: la pista de baile como trinchera

 


En una época en la que la productividad se disfraza de felicidad pública y las redes sociales exigen optimismo como si fuera un impuesto emocional obligatorio, Marie Davidson irrumpe con City Of Clowns para recordarnos que el maquillaje nunca ha estado tan cuarteado. Su sexto álbum es una radiografía frenética del absurdo contemporáneo: una ciudad imaginaria —aunque demasiado familiar— poblada de sonrisas falsas, rutinas automatizadas y cuerpos exhaustos que siguen bailando para no caer.

Davidson, siempre incisiva, abandona definitivamente cualquier resquicio de ambigüedad y abraza una estética que combina el filo industrial, el pulso del electroclash y la mordacidad performática que siempre ha caracterizado su obra. Lejos de caer en la nostalgia, utiliza los ecos de los 2000 para afilar aún más su mirada sobre 2025: lo retro no es una pose, sino un espejo deformante que revela lo que nunca terminó de irse. En este contexto, City Of Clowns es un álbum que desarma con ironía, ritmo y una lucidez que incomoda tanto como seduce.

La presencia de Soulwax se siente en cada engrane brillante y en cada golpe de percusión que parece diseñado para retroalimentar la euforia y la crítica simultáneamente. El disco es una obra de ingeniería emocional y social: "Contrarian" retumba como un himno para quienes resisten la homogeneización digital; "Fun Times" se burla del optimismo forzado con un brillo disco que roza lo paródico; y "Sexy Clown" sintetiza a la perfección la tesis del álbum, celebrando —y al mismo tiempo destruyendo— la máscara que todos usamos para sobrevivir a la exposición permanente.

Lo brillante de City Of Clowns es su capacidad para funcionar en dos niveles sin perder contundencia: es bailable hasta el delirio, pero también es un tratado sobre el agotamiento, la vigilancia y la identidad en tiempos de pantallas omnipresentes. Davidson escribe con el cuerpo, con la rabia, con el cansancio y con una inteligencia que nunca sermonea; su crítica es un golpe envuelto en glitter, un manifiesto con zapatillas de plataforma y un cableado eléctrico que canaliza el malestar colectivo.

Con este álbum, Marie Davidson se consolida como una de las voces más afiladas del techno narrativo contemporáneo, una cronista que entiende que el baile es un acto de resistencia y que la sátira, cuando se acompaña de un beat imparable, tiene más filo que cualquier editorial. City Of Clowns es una invitación a entrar al circo —no como espectadores pasivos, sino como payasos conscientes— y a bailar con furia mientras el telón del algoritmo sigue cayendo una y otra vez.


2025-12-06

Ambient, neoclásico y bruma del Mississippi: así respira el nuevo universo de Phelian


Hay discos que se escuchan y otros que parecen escucharnos a nosotros. Cynosural, el nuevo álbum de Phelian, pertenece a esa rara estirpe de obras que no sólo suenan: acompañan, iluminan, orientan. Desde su estudio en Nueva Orleans —una ciudad que respira pasado incluso cuando calla—, el productor ha destilado un lenguaje propio donde la sensibilidad del ambient contemporáneo se encuentra con la espiritualidad austera del neoclasicismo. El resultado es un álbum que funciona como un punto cardinal interior, un norte silencioso que guía al oyente hacia su propio centro emocional.

El título no es casual: Cynosural implica faro, referencia, estrella guía. Y eso es precisamente lo que propone el disco. Desde los primeros segundos, Phelian establece un clima de suspensión donde el tiempo no avanza de manera lineal, sino que se dilata como un recuerdo que vuelve en oleadas. Los pads se estiran en capas translúcidas, mientras cuerdas profundamente expresivas aparecen y desaparecen como si emergieran de grietas en la memoria. No se trata de adornos, sino de presencias: cada elemento parece tener un lugar preciso en una arquitectura sonora que respira con una serenidad casi ritual.

Phelian no compone canciones; compone paisajes. Muchos de ellos evocan imágenes de una ciudad adormecida: un callejón húmedo, un tranvía detenido al alba, la bruma suspendida sobre el Mississippi. El álbum oscila entre lo terrenal y lo espectral. Las melodías de piano, minimalistas y emotivas, se convierten en hilos narrativos que dan continuidad al viaje, mientras que las voces tratadas —susurros sin dicción, totalmente desmaterializados— funcionan como espíritus sonoros que habitan el espacio entre nota y nota.

Uno de los grandes logros del álbum es su dinámica emocional. Phelian consigue un equilibrio magistral: sabe exactamente cuándo elevar al oyente con una corriente de cuerdas intensas y cuándo retirarse para dejar que el silencio se haga cargo del relato. Cada crescendo es una inhalación profunda; cada repliegue, un exhalar que invita a la introspección. La percusión, escasa pero calculada, actúa como un pulso vital de baja frecuencia, recordándonos que incluso en un paisaje onírico el corazón sigue latiendo.

Cynosural es, ante todo, un acto de madurez creativa. Resume una década de explorar la fragilidad del sonido, la potencia del silencio y la narrativa emocional del ambient. No es un álbum grandilocuente, sino uno tremendamente honesto. Su grandeza reside en la precisión con la que construye estados anímicos complejos sin recurrir al exceso. Es un disco que pide ser escuchado en calma, no para escapar del mundo, sino para regresar a él con una nueva claridad.

En tiempos donde la música compite por ser inmediata, Cynosural se atreve a ser un refugio lento, profundo y luminoso. Un faro sonoro que, sin imponerse, muestra el camino.

 

2025-12-05

No Joy firma con Bugland su obra más mutante y visionaria hasta la fecha


Bugland, la nueva travesía de No Joy, pertenece sin duda a la segunda categoría. Más que un álbum, es un bioma: un territorio sonoro donde las reglas del género se derriten, se recombinan y vuelven a aparecer transformadas, como insectos fosforescentes saliendo de un tronco en descomposición. De la mano de Jasamine White-Gluz y la visionaria Fire-Toolz, este proyecto no es simplemente una colaboración, sino una simbiosis evolutiva, un organismo doble que respira en patrones propios.

Las llamadas Bugland seshies —retiros creativos en entornos boscosos y aislados— funcionan como mitología fundacional del álbum. Ambas artistas, con la consigna de crear sin restricciones y sin la vigilancia del ego, abrieron una grieta dimensional donde la estética de los 80, el shoegaze granuloso y la electrónica fractal encontraron un punto de fusión inesperado. Bugland suena como si un documental de National Geographic hubiese sido hackeado por la portada ciberpunk de una revista underground: naturaleza y glitch, raíces y hologramas, belleza y ruido en un mismo cuadro.

El viaje comienza con “Garbage Dream House”, un tema que captura la energía expansiva del britpop más ingenuo —Blur, Stone Roses—, pero le quita el artificio y deja solo su esencia febril y luminosa. En lugar de nostalgia, hay una suerte de renacimiento. Fire-Toolz aporta aquí un diseño sonoro que es pura alquimia: capas de distorsión amable, sintetizadores que respiran como criaturas acuáticas y un brillo digital que envuelve sin sofocar.

Pero el espíritu auténtico de Bugland está en su capacidad para unir elementos incompatibles sin perder coherencia. El saxofón salvaje al estilo Fun House en el cierre “Jelly Meadow Bright” convive con pads ambientales que podrían sonar en un spa futurista; guitarras shoegaze bañadas en reverb coexisten con IDM granular que evoca a Boards of Canada y Autechre; y, aun así, el álbum jamás suena disperso. Es un caos refinado, un laboratorio emocional donde cada textura parece colocada con una intención quirúrgica.

White-Gluz, en uno de sus momentos más inspirados, saquea la memoria del pop noventero —la espiritualidad luminosa de Ray of Light, el dramatismo alt-rock de Garbage, la densidad melódica de My Bloody Valentine—, pero no para repetir fórmulas: las metaboliza, las desarma y las reconstruye en un nuevo idioma. Bugland es promiscuo en influencias, sí, pero jamás imitativo. Es un álbum que se comporta como un organismo vivo, creciendo y mutando con cada escucha.

En una época ansiosa por clasificarlo todo, No Joy y Fire-Toolz presentan una obra que responde con una vibrante negativa: Bugland no quiere pertenecer; quiere seguir transformándose. Y en esa transformación radical, encuentra su mayor triunfo.


2025-12-04

Entre cuervos digitales y pianos encantados: Oklou firma un debut visionario

 

En un panorama donde el pop contemporáneo parece dispersarse en híbridos interminables, aparece Oklou con choke enough para recordarnos que la verdadera innovación no consiste en mezclar estilos, sino en crear ecosistemas completos. Su debut no se siente como un primer álbum, sino como la apertura de un portal: un bosque encantado donde conviven circuitos fluorescentes, criaturas míticas y pulsos electrónicos que respiran como organismos vivos.

Marylou Mayniel ha ido alimentando este universo desde The Rite of May, pero aquí lo despliega en su forma más madura y expansiva. Con las firmas de Danny L. Harle y A. G. Cook moldeando parte del ADN sonoro, la obra podría haber optado por el maximalismo característico del PC Music; sin embargo, Oklou elige el camino opuesto: la intimidad ritual. choke enough es una colección de encantamientos sonoros más que de canciones, una serie de atmósferas en constante mutación que se sienten delicadas y al mismo tiempo intrínsecamente poderosas.

La belleza del álbum está en su habilidad para unir mundos que parecen incompatibles. Los destellos trance, los breakbeats vibrantes y los arpegios cristalinos coexisten con elementos que evocan tradiciones folclóricas: cuerdas pastoriles, maderas crepitantes y campanas que suenan como talismanes. En “harvest sky”, uno de los momentos más reveladores, la electrónica líquida se funde con el graznido de cuervos como si el track fuera un conjuro agrario celebrado en un templo cibernético. Esa dualidad —lo ancestral filtrado por un prisma digital— es el hilo conductor de todo el viaje.

La producción, enriquecida por colaboraciones de Nick Léon y Casey MQ, funciona como tierra fértil donde Mayniel siembra emociones en capas: nostalgia que no parece humana, alegría teñida de polvo, tristeza que vibra como luz estroboscópica. Piezas como “choke enough” demuestran su maestría para la contención: con apenas voces manipuladas y un piano en suspensión, crea un trance emocional cercano a un sueño lúcido. Otros momentos, como “ict” o “take me by the hand”, amplían los límites del art-pop, del house y del alt-R&B sin perder cohesión ni identidad.

Oklou describe el álbum como una conversación entre su vida real y su vida imaginada. Escucharlo es entrar en ese diálogo íntimo, como si la artista prestara sus dos mundos para que el oyente también camine entre ellos. choke enough es delicado y feroz, primitivo y futurista, terrenal y espectral. En definitiva, un debut que no solo consolida a Oklou como una figura clave del pop experimental, sino que la revela como una narradora de mitologías modernas.

Es un disco que no se reproduce: se habita.


2025-12-03

Un Gélido Latido: 'Fatalité' sumerge al oyente en la paradoja de un Witch House a la vez distante y profundamente conmovedor.

 

En un género tan marcado por el hermetismo y la estética espectral como el Witch House, donde muchos proyectos se pierden en la repetición y la deriva atmosférica, Polytence irrumpe con Fatalité como un gesto de renovación. Más que un álbum, es una disrupción emocional. Desde los primeros compases, queda claro que no estamos frente a otro ejercicio de sombras sintéticas, sino ante una obra que se atreve a reformular los cimientos del género para construir algo más íntimo, más afilado y más humano.

Fatalité respira una melancolía densa, casi líquida, pero no se regodea en la oscuridad por la oscuridad misma. Polytence emplea los elementos tradicionales del género —los ritmos desarticulados, la voz convertida en un espectro, los sintetizadores que gotean como un oráculo roto— no como sellos de identidad, sino como herramientas expresivas. Cada sonido parece elegido con una precisión quirúrgica, como si el álbum estuviera tallado en mármol helado, y aun así logra transmitir un calor emocional profundo, casi inesperado.

Hay una tensión constante entre lo distante y lo visceral: las capas frías de producción crean un halo de aislamiento, mientras que las melodías subterráneas y los latidos graves revelan un pulso vulnerable, casi confesional. Polytence construye así paisajes mentales donde conviven la pérdida, la belleza detenida y un fatalismo elegante que nunca se siente impostado. En los momentos más luminosos —si “luminoso” puede aplicarse en un álbum así— se abre un resquicio de emotividad que convierte la escucha en un viaje introspectivo y adictivo.

Lo más admirable de Fatalité es su capacidad para expandir los límites del Witch House sin traicionar sus raíces. Polytence demuestra que el género no tiene por qué encerrarse en el nicho ni repetir fórmulas gastadas: puede ser un vehículo conmovedor, expansivo, casi cinematográfico. Este disco no invita a la evasión, sino a la confrontación emocional; no exige devoción a la estética dark, sino apertura al sentimiento.

Fatalité no solo revitaliza un género que muchos daban por agotado: lo redefine desde dentro y lo eleva. Es una obra esencial para quienes buscan en la música no sólo un refugio en la penumbra, sino un espejo donde mirar sus propias fracturas internas.


2025-12-02

Tensión Mecánica: El nuevo single de SHXCXCHCXSH es una inmersión en un techno industrial hipnótico y contundente.


En el territorio liminal donde el techno industrial se vuelve un organismo vivo—hecho de ruidos, fricciones y pulsos casi biológicos—SHXCXCHCXSH reina con un lenguaje propio. El dúo sueco, maestro en fracturar la forma para revelar la esencia, regresa con QQQO, un single que amplifica el magnetismo oscuro que dejó vibrando el sobresaliente Avvik de SSTROM. Si aquel trabajo abría una grieta en la superficie del género, QQQO la convierte en un abismo fascinante.

Desde el primer segundo, QQQO demuestra que el dúo no está interesado en la complacencia. Es una pieza que cavita y presiona, un “heavy-mental-techno” que funciona como un túnel de inmersión: estrecho, abrumador y extrañamente meditativo. La atmósfera, construida con capas de ruido quirúrgicamente moduladas, se siente como una sala de máquinas sumergida a cientos de metros bajo tierra. Cada chasquido metálico y cada golpe percusivo tiene la precisión de un engranaje que gira con una intención casi ritual.

Pero la verdadera sorpresa del track reside en el contraste que estalla en su núcleo: una línea de bajo inusualmente flexible, casi juguetona, que serpentea entre la distorsión como si quisiera escapar del marco industrial que la contiene. Sobre ella, el dúo inserta una muestra vocal triturada hasta el límite de lo reconocible, un lamento mecánico que se retuerce con una energía frenética. El resultado es un monstruo de club: agresivo, bailable, impredecible. Un himno para quienes encuentran en el caos un tipo particular de claridad.

Con QQQO, SHXCXCHCXSH continúa un año deslumbrante, hilando lanzamientos que ya perfilan una discografía de culto. Lejos de repetirse, el dúo expande su propio lenguaje, demostrando que dentro de la estética más dura y abrasiva aún quedan territorios fértiles por explorar. Para quienes buscan techno que desafíe la mente y sacuda el cuerpo, QQQO es una detonación necesaria: el caos convertido en ritmo, la disonancia convertida en deseo. 


Scanner demuestra que el EBM sigue siendo un arma sólida

  Der Meister , el nuevo álbum de Scanner , aparece como el resultado de años de tensión contenida que finalmente se libera en forma de EBM ...