Después de años orbitando con precisión su propio satélite de pop espectral y electrónica gótica, Purity Ring ejecuta en su cuarto álbum un salto decisivo hacia la autodefinición total. Titulado, con intención casi ritual, Purity Ring, este trabajo funciona como un autorretrato mitológico: no sólo condensa todo lo que el dúo canadiense ha sido, sino que imagina lo que puede llegar a ser cuando se libera de cualquier mediación externa. Autopublicado y concebido sin concesiones, el disco se presenta como una obra de mundo cerrado, una experiencia que exige inmersión.
El concepto que lo vertebra es tan ambicioso como emotivo: la banda sonora de un videojuego de rol inexistente, protagonizado por dos figuras frágiles que atraviesan los restos de un mundo colapsado en busca de algo parecido a la ternura. Las referencias a NieR:Automata y Final Fantasy X no son decorativas; informan la estructura emocional del álbum. Aquí no hay cinemáticas grandilocuentes sin alma, sino una épica íntima, donde cada paisaje sonoro parece diseñado para acompañar un paso más en el viaje.
Corin Roddick amplía el vocabulario sonoro del proyecto con una audacia serena. A la base electrónica que siempre ha definido a Purity Ring se le suman guitarras clásicas, flautas de pan, breakbeats fragmentados y vocoders que suenan como voces atrapadas en ruinas digitales. Los sintetizadores, deliberadamente “vintage”, funcionan como artefactos arqueológicos del futuro: tecnología antigua de un mundo que ya no existe. Todo está dispuesto con una lógica narrativa, como si cada textura fuese un escenario o un nivel distinto del juego imaginario.
En el centro de esta arquitectura florece Megan James en su forma más expansiva. Su voz, siempre etérea, adquiere aquí una cualidad proteica: puede ser un susurro confidencial al oído o un coro que se eleva como un himno en una catedral de píxeles. Sus letras, menos crípticas que en trabajos anteriores pero igual de sensoriales, fluyen como un torrente de imágenes luminosas y heridas abiertas. No cuentan una historia lineal; evocan estados, emociones, destellos de esperanza que aparecen incluso entre los escombros.
Lo que hace de Purity Ring un álbum verdaderamente excepcional es su capacidad de generar impacto emocional sostenido. Cada escucha revela nuevas capas, nuevos matices, como si el mundo que propone se reconfigurara con el tiempo. No se trata sólo de un disco para oír, sino de un espacio para habitar: un refugio sonoro que ofrece consuelo sin negar la oscuridad.
Con este trabajo homónimo, Purity Ring alcanza una síntesis rara y poderosa. Son, definitivamente, arquitectos de universos emocionales, narradores de fragilidad y fuerza, y autores de una de las obras más cohesionadas, bellas y resonantes del año. Purity Ring no es un punto de llegada, sino un mundo abierto que invita a perderse (y a quedarse) en él.